
Manuel Marques
Para Erika
Íbamos a ver
jugar al fútbol a la Negra.
Una vez por
semana.
Nos escapábamos
de la escuela con Jelica y Maria y nos llegábamos a los campos que rodean la estación
del tren en Caulen.
Las tres queríamos
ser ella.
Y la Negra decía,
“no tienen una cosa mejor que hacer”.
Y se reía.
Siempre éramos
las primeras.
Nos gustaba
ver como se iba armando el ritual.
Una ceremonia
en la que solo participábamos muy limitadamente, muy precariamente.
Mirábamos de
lejos como los tipos se cambiaban.
Como se reían
entre bromas que para nosotras carecían de significado.
Como entraban
a la cancha a corretear displicentemente para entrar en calor.
Como se repartían
por bandos siguiendo un inexplicable sistema de alianzas.
Nosotros íbamos
a ver a la Negra.
Cuando ella
llegaba a la cancha, para nosotros comenzaba la fiesta.
Después de
saludar a sus compañeros de juego, se nos acercaba, y tirándole el bolso a la Maria nos decía:
“a ver pendejas si me dan una mano”.
La Negra le hacia un culto a la simplicidad.
Era de un
ascetismo inigualable.
Cubría su culo
perfecto y fibroso con un pantalón oscuro, agrisado de viejo.
Al igual que
sus medias, que subía hasta mas allá de las rodillas.
Solo se permitía
vestir la colorida casaca del los “Rainbow
Soldiers”.
“el amarillo me hace lucir mejor el
color de ojos”, se reía la Negra.
Una camiseta
varios talles más grandes que ocultaban un cuerpo bellísimo.
“Rusita, vendame bien las tetas, que es
como mi talón de Aquiles”,
la Negra me decía
y volvía a reír.
O sino,
“vení y apretame la faja que se me va a
escapar un teta en el partido”.
Y ahí iba yo a
darle varias vueltas de venda a unos diminutos y casi imperceptibles pechos.
Después la
turca se ponía los botines y se los ataba al viejo estilo.
“el viejo estilo siniestro” decía.
Una vuelta de
cordones por debajo de la suela. Otra vuelta por detrás del tobillo. Y un nudo
que se cerraba casi sobre el final del empeine.
Con las dos
manos se recogía el pelo largo y negro en un una trenza que se ajustaba mas y
mas contra la nuca, y nos preguntaba.
“¿estoy linda?”
Al final se
calzaba la 10.
“hay que tener ovarios para llevarla
puesta”, le decía
Maria.
Y la Negra respondía siempre, “cabeza, nena, cabeza hay que tener”.
Y se largaba a
trotar hacia el medio de la cancha.
Ahí, en el
medio juego, la Negra
tenía su reinado.
Se movía con
una soltura y una gracia inigualable.
Parecía que no
corría.
Como si casi
flotase cuando tenía la pelota en los pies.
Bien pegada al
pie.
Como soldada a
su botín derecho.
Un jaz como de
los que ya no se ven.
Siempre los
ojos negros bien abiertos.
Siempre la
cabeza levantada.
Con una
intuición felina para saber en que lugar estaba su compañero mejor ubicado.
Y una precisión
matemática para lanzar el pelotazo que le caería en sus pies.
En general los
tipos no le pegaban.
O no le
pegaban tanto.
Una porque se había
ganado el respeto de todos.
Y otra, porque
parecía resbalar por sobre las piernas rivales.
Como si
tuviese los muslos aceitados.
Como si fuese
un fantasma
Un ánima.
Casi etérea.
La Negra jugaba y hacia jugar.
“nada corre mas rápido que la pelota” afirmaba.
Y tocaba rápido
para ir desmarcada a buscar la devolución de una pared.
O volvía sobre
sus pasos para ayudar a un defensor a sacar una pelota amenazante que caía
sobre su propia area.
Tuvimos la
suerte, o la desgracia, de ver el último partido que jugo la Negra.
Fue un
miércoles.
De media
tarde.
De muchísimo
calor.
Ese calor húmedo
y pegajoso que solo hace en Caulen.
Era una
especie de desafió.
Algo así como
un partido especial contra un equipo de Ensenada.
Un partido con
una rivalidad macerada por los años.
La Negra brillaba.
Iba y venia
con la pelota desparramando juego y rivales.
Dribliaba y
tocaba corto.
Cruzaba
pelotazos de mas de 40
metros que se depositaban, si o si, en los botines de algún
compañero de equipo.
El equipo de la Negra ganaba puno a cero con
baile incluido.
Tenían el
partido más que controlado.
Pero la Negra no gozaba a nadie.
A mayor
control del juego, mayor era la simpleza con la que ella jugaba.
Siempre
encarando el area contraria.
Siempre
buscando estirar la diferencia en el marcador.
“a un rival se le demuestra respeto cagándolo
a goles”, decía.
Y se mataba
por recuperar la pelota como si fuesen perdiendo por goleada.
Llegando a la
mitad del segundo tiempo, la
Negra recibe un pase casi en el borde de su propia area.
Antes de darse
vuelta ve que todos sus compañeros habían bajado a defender su arco y que solo
tenia, unos metros mas atrás, al centrofowar de su equipo, un pibe al que creo
que le decían Toti.
Entonces la Negra gira con la pelota
debajo de la suela de su botín derecho, y ve que tiene una franja del campo
libre que llega casi hasta la línea de mitad de cancha.
Y se largar a
correr.
Hace veinte o treinta
metros en una solitaria carrera.
Dentro del círculo
del medio juego le sale el primer rival.
Un quiebre de
cintura.
Una finísima
finta.
Y el 4 queda
desbaratado en la gramilla.
La Negra empieza a abrirse sobre la banda
izquierda.
Se mueve en
una diagonal recta y profunda.
Siempre con la
pelota a unos escasos 10
centímetros de su pie.
El numero 3 de
ellos la sale a buscar.
La Negra al verlo venir amaga el pase para Toti
que la persigue unos metros mas atrás, y levanta la pelota por sobre la pierna
se su contrincante y ella misma patina por sobre el muslo del adversario y
sigue en una derrotero hacia el arco rival.
Va cada vez
mas pegada a la línea.
Solo la
separan del arco un último defensor.
El tipo sabe
que no tiene que comerse ningún tipo de amagues, así que se para y la invita a la Negra a que se venga.
Casi como que
la seduce a que lo busque por algún lado.
Y la Negra acelera.
En un pique
corto y extraño.
Se le va
encima como si fuera a chocarlo.
A atravesarlo.
El 2 sabe que
le va a ganar por físico.
Que la negra
va a rebotar como contra una pared.
Y se afirma
sobre su pierna derecha.
La Negra lo ve
Y cuando casi
le puede sentir el aliento,
Cuando hasta
puede verle el color de los ojos,
Tira un cambio
de pie.
La pelota pasa
casi instantáneamente de su botín derecho a su pie izquierdo.
En nada.
Ni en una fracción
de segundo.
En una
exhalación.
La globa ya
esta un metro adelante sobre la línea blanca de cal, y la Negra corriendo detrás de
ella.
El defensor,
gira sobre su pie derecho, y saca un puntazo que se clava en la rodilla
izquierda de la Negra.
No hay gritos.
La Negra cae retorcida en un manojo de espanto
sobre el césped.
Esta como
muerta.
Se arma una
especie de pelea, (en la que nosotras también formamos parte), pero nada pasa a
mayores.
El dos se caga
de risa de nuestros insultos, y se refugia bien adentro de su area.
La Negra se levanta y pide seguir jugando.
No tiene
rodilla.
Es una pelota
azulada y sangrante con que lleva a mitad de su pierna.
La trico sucia
de tierra.
La trenza se
ha convertido en una maraña de pelo.
“seguimos”, afirma la Negra.
Pero no solo la Negra recibió el golpe.
El equipo poco
a poco se va cayendo a pedazos.
La negra esta
clavadita en medio de la cancha y solo atina a ver como pasa la pelota.
Apenas puede
estar de pie.
El empate no
tarda en venir.
Y la lluvia de
pelotazos sobre su propia valla tampoco se hace esperar.
Alguien le
grita a la Negra
que salga.
Ella lo
fulmina con la mirada y le dice,
“ya voy a tener una”.
El partido se
termina.
Para los de
Ensenada un empate es como una victoria.
Así que se
repliegan y buscan asegurar el resultado.
Este
repliegue, y una jugada un tanto extraña, terminan en un corner a favor del
equipo local.
En este
momento un corner a favor es mas una burla del destino, que una bendición para
el equipo de la Negra.
No hay nadie
que lo vaya a tirar.
Esta es una
tarea de la Negra.
Pero la mina
apenas si puede llegar hasta el area rival arrastrando su desvalida humanidad.
Ni siquiera
hay fuerzas en su equipo para el ir a buscar el gol hasta con el arquero.
Aunque sepa a
derrota, los locales también esperan llegar a un miserable empate.
Todos menos la Negra.
Se le acerca a
Toti que tiene la pelota entre las manos y le dice algo al oído.
“a la inglesa”
Y se para en
el punto del penal.
Toti pone el balón
en la esquina, separado del banderín y tira el corner dándole a la pelota con
la cara interna de su pie derecho.
La pelota
arranca casi pegada a la línea de fondo.
Casi como queriéndose
escapar del campo de juego,
Y después
empieza a abrirse.
La comba hacia
fuera la va alejando cada vez mas de la mitad del arco, que es el lugar que ha
elegido el arquero para pararse.
La Negra esta solo dentro del area.
Rodeada de
rivales.
Marcada por el
hijo de mil putas del 2.
La pelota
viene.
Trae muchísimo
efecto.
Los gajos
negros y blancos casi se funden en su girar enloquecedor.
La Negra entonces hace que se va a buscar el
segundo palo,
El que esta
detrás del arquero.
Pero en realidad
sale, da dos pasos hacia delante,
En diagonal,
A medio metro
del vértice izquierdo del área chica,
Y anticipa al
2 que se ha quedado parado,
Clavado en el
piso,
Que se ha
comido el amague y ve que ahora no llega.
La negra salta
sobre su pierna derecha,
Esa que esta
intacta.
Se arquea en
el aire
Su pierna
muerta en se vuelve el contrapeso justo que le permite balancear el cuerpo.
Le saca una
cabeza a su maldito marcador.
La Negra cabecea la pelota.
El pelo
estalla en una explosión de pura negrura.
Los ojos giran
como dirigiendo a la globa.
Los dientes
apretados hasta el dolor
Le da con el
costado de su frente,
Le cambia la dirección
a la pelota,
La hace trepar
y meterse por encima de la estirara estéril del guardameta,
La hace
colarse muy cerca del ángulo más lejano
Le hace besar
la red.
Sin pensarlo
nos metimos todas dentro de la cancha y hay mismo término el partido.
Creo que se
agarraron a trompadas.
Una especie de
todos contra todos.
Nosotros fuimos
directamente a buscar a la Negra
y la sacamos entre las tres.
Maria y yo la
llevamos una de cada brazo.
La Negra todavía tenía fuerzas y ganas como
para decirle a Jelica.
“pendeja, lo importante no es saltar
mas alto, ni correr mas rápido, si no saber siempre donde va a estar la pelota”.
Dicen que la Negra anda por el norte
vendiendo artesanías.
Que se caso y
que tiene un par de hijos.
Maria termino
un doctorado en Bioenergia y emigro hacia las Europas.
Jelica se
quedo en Caulen y administra un hotel.
Yo me vine a
Nueva Shield donde arme una pequeña farmer.
Ninguna de las
cuatro vio nunca más fútbol.